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Quizá
es que soy un enfermo. O que con los años y la vida me voy volviendo un
pervertido. Ya se sabe, uno empieza siendo un chaval salidete como todos y con
los años termina más podrido que un danone del Naranjito. Puede pasar: también
Jiménez Losantos empezó siendo comunista
PABLO
ÁLVAREZ
Porque ahí estaba yo, agarrado al sillón, babeando
por la comisura y escupiéndole a la tele. «¿Dale, dale!», gruñía con los
ojos como pelotas de baloncesto. «¿Con todo lo gordo!».
Lo raro, claro, es que no estaba precisamente viendo
una de Rocco Siffredi (en casa, a las tres de la tarde y con la señora al lado
queda mal). Lo que yo sintonizaba era el telediario. Y lo que se veía era un
antidisturbios grande como un castillo, pillado en el acto de contarle las
costillas con una porra a un zagal en Malasaña, una noche de éstas. Y yo, lo
confieso, disfrutando. Dale. A la cabeza.
Es vergonzoso, lo sé. Sé que uno no debería
alegrarse con la desgracia ajena, ni desear coscorrones al prójimo, y menos si
está en edad de estudiar. Pero también sé yo que no estoy solo en mi pecado.
Conmigo están decenas de miles de personas en este nuestro país, gente de toda
extracción y condición. Víctimas todos del pavoroso botellón.
Porque este país está siendo víctima de una
epidemia: una chavalería que cree que todo le está permitido. Que puede estar
cantando debajo de mi ventana a las tres de la mañana de un jueves, simplemente
porque les sale de los cataplines a ellos y al poli local que se descojona de mí
cuando le pido ayuda por teléfono.
Gentuza borracha que se mea en mi portal, que rompe mis
jardines y que, si por un casual llega la pasma, se enfada, quema contenedores y
fordfiestas y reclama su derecho a seguir jodiéndome.
Así que me he grabado el telediario, y me lo pongo de cuando en cuando. Cada uno tiene sus vicios.
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